dimecres, 28 de juny de 2017

Abuela Amiyana

A poca distancia bajo de la bicicleta.
Quiero presentarlo a Abuela Amiyana.

La de los ojos profundos -me contaron-.

Amiyana, la hormiga,
llena en su interior de recovecos
con alimento para las dudas,
con calor para prender certezas y evaporar engaños.
Escondrijos
donde custodia almas que duermen
mientras sueñan y licúan dilemas.
Cavidades
repletas de exigencias para sentir
de artilugios desacatadores de conductas
de extrañas pociones para 
apasionar el deseo de bailar y cantar
mientras llueve sobre la vida.

Y una reina, llena de instinto.
Que presagia, considera, escucha, juzga y se aflige.
Que palpita, estima, impresiona, compadece y ríe.
Eso dijeron, mientras apretaban sus manos contra el pecho
y agradecían los ojos profundos de Amiyana sobre sus corazones.

-Abuela, quiero acercarte a alguien... -
Ella no quiere nombres, me advirtieron
pues casi nadie conoce realmente el suyo.
El poderoso dentro de nosotros.

Me dice que quiere saber lo que yo siento.
Quién es para mí, aunque no sea todo lo que es.
Y que después calle, para dejarlo ser y llegar a ser.

- Es..., siento..., amor y vacío.
Lo miro y detecto mucha duda y después conocimiento prendido en enojo.
Cuando se destensan unas sogas íntimas, se vuelve hambre y alegría,
y entonces su vendaval me hace sentir satisfacción, entusiamo de tenerlo junto a mí.
Pero también siento alivio, porque una parte de él parece haber desaparecido.
Y es que a veces, es apremio, frustración, y yo titubeo y acabo tropezando.
Y después él me recoge con dulzura y una sonrisa bellísima en los ojos
o me riñe con fastidio y su boca se tiñe de una amargura evocadora.
Es..., siento..., pequeñez o altura, escalones. Aunque caminemos juntos. -

Abuela Amiyana me mira con ojos insondables y quietos.
¿Y no se mezclan?
- me pregunta -
¿No se mezclan el amor y el vacío?

Yo abro mucho la boca, pero no contesto.

Ella me mira. Me mira con una intensidad que me conmueve.

- Entrevéralos, dile.
Cuéntale que yo te dije:
  Vierte el amor sobre todo,
  hasta que casi lo sientas perderse dentro de ti.
  Sí, temerás.
  Y querrás contenerlo, apresarlo como otras veces.
  Controlar su existencia y su desaparición.
  Su viveza, su destino.
  Cuándo arrebatarlo, sustraerlo para castigar o defenderte.
  Cómo regalarlo para premiar o vencer.
  Ser dueño del amor, te crees que puedes.
  Y por eso lo limitas y lo conviertes en esa raquítica versión de sí mismo.
  Temerás, lo sé.
  Pues así como el amor se extienda, el vacío también lo ocupará todo.
  Y una parte de ti, sobre la que se apoyan tus espaldas y tus creencias, se derrumbará.
  Bajo el peso de la nada, tú, ese tú que crees que eres, querrá irse y te sentirás abandonado
  o morderá tu corazón con las mandíbulas más desesperadas
  para poseerte, como siempre.

Cuando note a ambos, ininterrumpidamente presentes
el vacío y el amor
en cada gesto, cada acción y palabra
cuando la dicotomía desaparezca,
que venga a buscar su nombre.


KPV Juny/2017